lunes, 21 de julio de 2014

El claro del bosque

El cuerpo desnudo corría entre los arañazos del camino, nada parecía poder distraerle de su objetivo. Los pies eran un laberinto de requiebros entre las heladas piedras, descalzos y llenos de entumecimientos. Más lejos, cada vez más lejos, huyendo del pueblo del que venían. Algo parecía llamarlos desde lo más profundo, desde la incertidumbre de lo desconocido.
Aterida por el frio la figura se tambaleba en sus frenéticos pasos, algo la llamba. Apenas podía seguir adelante cuando el rio mostró de súbito un claro, allí estaban reunidos los seres más extraños que ella hubiese visto nunca, cubiertos de túnicas blancas.
De golpe la invadió una oleada de calor, nada importaba, estaba en casa. Los bailes a su alrededor parecían invocar a los espíritus promigenios, los árboles que bordeaban el claro se movían al compás del viento, ora a un lado ora a otro, con el ritmo cadente de los rituales.
Ella comenzó a bailar a favor de las ráfagas, fundida en espasmos caóticos que le hacían buscar la fuente del amor continuo que la envolvía. La cabeza extraviada parecía reencontrarse consigo misma en cada uno de los movimientos, de los ademanes, en armonía con lo que se le antojaba el mundo satánico que la rodeaba, giros y más giros, sin control, hasta caer rendida a los pies del abeto más alto.
A la mañana siguiente encontraron el cuerpo sin vida de la joven, todos habían salido del pueblo a buscarla después de enterarse de que su abuelo había fallecido y que no supo retenerse; las ropas tiradas por las orillas del río les habían indicado el camino, pero lo más duro sería enterrarla en el cementerio de los niños.
Tan sólo un leyenda corre por estos lugares, la que cuenta que en el claro del bosque nunca cuaja la nieve, porque el espiritu de la niña perdida no deja de bailar sobre ella.

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