jueves, 17 de julio de 2014

La bestia


Bajo la tormenta el pueblo se tornaba más árido que nunca. Las callejuelas eran serpientes opacas de un obscuro polvo marrón diluido. Los torpes, minúsculos habitáculos, dónde la gente solía dormir, se mostraban aisladamente impotentes de ejercer la funciónpara la cuál habían sido benefactores del esfuerzo de esas manos cansadas del sol a sol diario. Las ramas de la urdimbre de sus paredes y tejados, que apenas podían establecer un tope al viento habitual, la paja mezclada con el lodo arcilloso del río, chorreaban bajo los cuerpos fríos, amontonados, de las pequeñas familias que habían creído poder guarecerse bajo ellos. No podían contarse las pellizas que servían de abrigo a aquellos que vivían de las cosechas, simplemente nadie las poseía.


Los niños mayores abrazaban a los medianos, las madres a los más pequeños que estremecían el cielo con sus atormentados lloros, todos bien apretados. Los padres impotentes intentaban guarecer a las madres, en el convencimiento de que ellas eran las que debían dar la futura vida, si esto era posible, exponiendo sus cuerpos a la menor de las temperaturas de aquél múltiple organismo. Pero el agua los empapaba a todos por igual.

El hedor que se desprendía de toda una estación de verano sin la var de los retazos de retales, que normalmente servían de abrigo en la cama, habían intentado ser relegados a los rincones, del todo inútiles ya. La tibieza de los numerosos huesos de pollo en los hogares invadían lo que quedaba de aire.

Tronaba con la cercanía de la amenaza fulminante del rayo.

Los pequeños guijarros acurrucados entre las más grandes piedras planas, que había sido depositados con la intención de hacer algo más transitable la calle principal durante el estío, entrechocaban unos con otros cuesta abajo, dirigiéndose hacia su origen primigenio, con el sonido, apenas perceptible bajo el diluvio, de la más aguda insidia de aquel fenómeno.

Tan imposible era el sueño que aquellos demasiado viejos, flacos o cansados, se derrumbaron sin más, al lado de quienes seguían implorando por sus vidas, al lado de quienes estaban demasiado ateridos cómo para hacerlos ya al rincón, junto a los restos de de los lechos.

Así se presentó la bestia, durante veinte noches y sus siguientes días consecutivos, sin tregua.

Después una vez tuvo todo bajo su dominio, pareciendo satisfecha de haber podido mostrar lo suficiente su poder, con cada individuo presa del pánico por su presencia, pareció sentirse lo suficientemente magnánime cómo para mostrar algo de condescendencia para con los que no perecieron ante su primera palabra.

Permitió pues que el cielo escampase, que los hombres y los muchachos se levantasen, todavía temblando de los pies a la cabeza, para poder comprobar que no quedaba nada de las cosechas, que las madres consolasen a los pequeños, al menos lo suficiente para poder darles el agua agría en que se había convertido el sustento de sus senos.

No había madera que pudiese ser aprovechada, ningún alimento les quedaba. Las torpes manos, bajo la mirada sarcástica, atroz del monstruo, se esforzaron en obtener algo de calor a base de volver a colocar las ramas de los techos.

Los ojos de aquellas personas se encontraban unos con otros no dando crédito a la brutal certeza de ver sus propios sentimientos reflejados, una y otra vez, en todas las caras.

La bestia alzó su cabeza, sus temibles alas, y con la promesa de instalarse entre ellos empezó su juego.

Los medianos miraban a sus hermanos mayores, los hermanos mayores a sus padres, los padres miraban sus vacias manos, las madres sollozaban los gritos de las bocas hambrientas de sus hijos pequeños.

La bestia les dio diez días de sol. Nadie sabía que era lo que podían hacer para librarse de ella.

Con el estómago vacío, con las tripas saltando del hambre tras haber pasado las lluvias, incluso los harapos eran succionados pro las ardientes bocas. Los pies de los que aún caminaban, se hundían en la búsqueda de alguna mazorca de maíz, incluso de los mismos tallos, las madres impotentes veían morir a su hijos.

Los ancianos supervivientes se reunieron para intentar saber cuál era el precio que pedía aquél monstruo, hablaron durante nueve días, sentados en grupo, horas y horas sin parar de hablar, temiendo que cada palabra pronunciada pudiese invocar la furia de aquella maldita sombra surgida del averno. Alguno de ellos había oído hablar de leyendas que la evocaban, en remotas épocas, alguien comentó la exigencia de la bestia de pagar un tributo y los ancianos siguieron hablando durante horas y más horas, y los hombres con suerte, los que habían conseguido alguna mazorca, volvieron junto a sus mujeres y las compartieron, y reposaron sus cabezas dónde antes lo habían hecho sus hijos, y los hermanos mayores, imperterritos ante tanta desgracia, miraban a sus madres mientras los menores emulaban en sus vientres las pesadillas de sus padres.

Llego el noveno día, los ancianos decidieron comunicar al resto su decisión, la bestia exigia un tributo, un tributo humano.

Los hombres enloquecieron, las mujeres morían de desesperación, los más pequeños serían el tributo, los hermanos mayores quedarón petrificados. Se negaron todos a las peticiones de los ancianos y estos siguieron hablando.

Llego el decimo día, todos podían oír la espectral risa de la bestia, todos volvieron a negarse, y los ancianos siguieron hablando.

Al undécimo día la bestia volvió a mostrar su poder. Esta vez fueron diez noches de su ira. Cuando escampó, los ojos inyectados en la sangre del infierno hicieron saber que no iba a aceptar un no por respuesta. El tributo acabó pagándose. Pero la bestia quiso cobrarse aún las almas de los hombres, las almas de las mujeres, las almas de los ancianos, para que su poder jamás fuese olvidado.

Siete muchchas y cindo muchachos fueron los únicos que quedaron para contarlo.

Todavía hoy, del pueblo que fué atacado por aquella maldita sombra, del pueblo que resurgió de aquellos doce jóvemes, quedan las leyendas que amenazan con que un día pueda volver esa bestia.

Las palabras que la recuerdan son transmitidas raramente entre los ancianos, ni los hombres, ni las mujeres, ni sus hijos podrían llevar el peso del conocimiento de tal tributo.

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